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Gigantes y cabezudos

Me gusta lo pequeño.  Lo mediano suele funcionar, pero es aburrido. Grande es un adjetivo que admito sólo para alabar a una persona, un acto o un descubrimiento. Aunque para las alabanzas existe una extensa variedad de calificativos mejores a elegir. Me atrae mucho más mirar por un microscopio que por un telescopio. Lo diminuto se me antoja apasionante, mientras abomino de lo gigante porque me pierdo en la inmensidad y porque me suena a algo agresivo, amenazante, excesivo, y a la vez hueco, frío, cavernoso. Los gigantes, esos seres mitológicos, literarios o de la cultura popular, que al fin y al cabo viven en nuestra imaginación o alimentan recuerdos infantiles, nos inspiran más ternura y simpatía que terror. Sin embargo, existen en la actualidad unos entes enormes, reales, aspirantes a verdaderos monstruos, a los que se conoce por el nombre de “Los gigantes de…”. Y nos resultan bien ‘familiares’. Añádase tras los puntos suspensivos: la comunicación, internet, el petróleo, la energ...