Tengo una gata, Umeboshi, que está a punto de parir, y un gato, Canelo, que es su hermano. Su madre, Princesa, tuvo siete lindos gatitos que fue criando hasta que se hicieron casi adolescentes. Todos eran muy felices y yo también observando su evolución. Un día Princesa consideró que ya les había enseñado lo suficiente para saber sobrevivir, el conejico que como buena madre cazaba a diario no daba de sí para semejante prole ya carnívora devoradora, y decidió cambiar de hogar. Quien quiso la siguió, ayudó a algún indeciso o indecisa, y todos desaparecieron a excepción de Canelo. El nombre se lo asigné por el color de su pelo, pero también por su timidez. Igual me equivoqué y realmente supo decidir bien. Al fin y al cabo, aquí contaba-cuenta con su ración segura de pienso, algún resto de comida sobrante y mimos a diario. El caso es que, pasado un mes de la huida, cual hermana pródiga, regresó la hermosa de ojos verdes Umeboshi. No debió de gustarle la vida nómada de su fam...
Una de cal y otra de arena. Una selección de mis artículos de actualidad. Mi columna de los sábados. Por Marisa Lanca