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Mostrando las entradas etiquetadas como paz

La Gaza vaciada

  Hace ya un tiempo que hemos convertido la guerra en una institución en sí misma. La paz es sólo un período de descanso entre guerras. La guerra, unida a otra entidad instituida globalmente como es el capitalismo, posee sus propias leyes, sus territorios preferentes de acción, y sus señores, que la promueven, la alientan y alimentan. El negocio armamentístico, las deudas millonarias y la perversión del poder se unen la mayoría de las veces al disfraz religioso llevado a límites fanáticos, para generar un conflicto que siempre acaba afectando a la población que no tiene culpa de nada. Sí, todo poder es una permanente conspiración en perjuicio del débil. Ante cualquier demostración o asomo de rebeldía de éste, el fuerte saca pecho y obra de inmediato con el criterio funcional de intimidar al que ya considera su adversario. Y comienza el asalto. Arrasar con todo para ocupar. La consabida consigna de ‘Quítate tú para ponerme yo ‘. Lo hemos visto con la guerra de Rusia contra Ucrania y...

Noches de Moscú

La ineptitud, el despotismo o la megalomanía del dirigente de un país nunca deberían ser condicionantes a la hora de sentir amor u odio por ese territorio. El pueblo que lo habita no lo merece porque ni es culpable ni debe responder por su líder, aunque se dé la circunstancia de que lo haya votado. Así, resulta muy peligroso generalizar atribuyendo a los habitantes de una nación las cualidades de su líder, o tópicos raciales definitivamente siempre injustos. Reconozco que siempre me ha atraído Rusia. Tanto el idioma, como las tradiciones, los paisajes, los museos, la literatura y un sinfín de pinceladas culturales han forjado en mi subconsciente un ferviente deseo de visitar las tierras que un día fueron soviéticas. Cosa que todavía no he conseguido. Si me detuviera para realizar un repaso histórico de las vicisitudes oscuras provocadas por los diferentes dirigentes que han liderado el país, hasta el actual Putin, surgiría sin duda un amargor que daría al traste con mis simpatías rusas...

No quiero hablar de guerras

Las razones que puede tener un hombre para abominar de otro o para quererlo son infinitas. Lo decía Borges en uno de sus cuentos titulado “La forma de la espada”. Estoy de acuerdo. Por ello, dudar acerca del bien y el mal, de quién es un héroe o un villano, nos hace acrecentar el sentido común. No hay certezas absolutas, como tampoco debemos dudar basándonos en la compasión o los prejuicios. Dudas razonables siempre. Hoy todos hablan de lo que yo no quiero hablar. Pero pienso en ello, quizá demasiado, porque es difícil evitar las salpicaduras que la actualidad nos vomita sin piedad. No puedo taparme los oídos ni cerrar los ojos, aunque tiendo a morderme la lengua, que ya está a punto de sangrar. Estamos en que, por un lado, alguien poderoso se evidencia en un ejercicio inútil y doloroso de negligencia política. Por otro, resurge la menos perspicaz de las pasiones: el patriotismo, apoyado a distancia por un conglomerado económico que sólo cree en su cuenta corriente. De ahí no puede sur...

¡Qué felicidad! ¿Qué felicidad?

La vida, ese regalo que debería ser una cadena de deleites, acaba siendo una sucesión de interferencias, obstáculos, problemas a solucionar, sin más. Parece que el objetivo esencial es un eterno organizar, actuar para que todo esté bien y en orden, y obtener así la ansiada paz, un tiempo de horas embalsamadas donde fluya muy despacio un riachuelo placentero de absoluta despreocupación. El estado feliz de la infancia. Pero, conforme transcurren los años, parece cada vez más inalcanzable ese remanso tranquilo. Cuando resulta que has conseguido resolver un importante inconveniente laboral, de repente se estropea un electrodoméstico imprescindible. Ya funciona tras la reparación y automáticamente llega un inesperado dolor de lumbago. Cuando estás viendo la luz al final del túnel, una repentina llamada te alerta de que ingresan de urgencia en el hospital a un familiar. Ese viaje programado se suspende. Ha subido la cuota de la hipoteca, que va a coincidir con una inflada puñetera factura el...

Blanco níveo

Por estos lares la nieve resulta algo excepcional. Y, cuando llega, provoca reacciones de toda índole. La primera es ilusión. Nos ilusionamos y asombramos. La observamos caer con una emoción desbordada, como lo hace un niño, como lo hicimos nosotros mismos en nuestra niñez. A pesar de las molestias que ocasiona a muchos niveles, parece que el augurio de buenaventura sobrepasa en alto grado a los inconvenientes prácticos. También nos genera un ímpetu por pisarla, tocarla, interactuar con ella y, por supuesto, que nos haga cosquillas en la cara. Momentos felices. Para mí hay dos cosas sobresalientes de este elemento que me seducen y me atrapan. Una es su color. La nieve posada, sin mácula, es de un blanco sobrenatural. Pura luz, fría, pero luz, de la que no molesta mirar. Lo he comprobado hoy. Todo lo que yo creía blanco: el pelo de mi gata Umeboshi, las sillas de plástico del jardín, los desconchados calíferos del muro, han resultado amarillentos o ligeramente oscuros, junto a la superf...