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Mostrando las entradas etiquetadas como palabras

Lo verás, pero no lo 'qatarás'

Casi a cada hora vienen recordándonos los medios de comunicación cuántos días faltan para el Mundial de fútbol en Catar. Concretamente  hoy  faltan ocho días. Ayer, el entrenador de la selección nacional de España, en un escenario a todo tren, ni que fuera el desaparecido Steve Jobs anunciando el último modelo de Apple, nombraba uno a uno a cada jugador elegido para componer el equipo estrella. ¡Qué despliegue sin merecerlo! Reconozco que tantos y tan preciados minutos de información futbolística en una televisión o radio pública me saturan y hasta me indignan. Lo llaman deporte, cuando sólo es un mercadeo insultante. Conforme se acerca la fecha del acontecimiento futbolero, el punto culminante informativo de hace unas semanas va perdiendo gas. Me refiero al hecho de que las autoridades cataríes insisten en declarar su intolerancia a la homosexualidad, centrada más en los hombres, pues el mundial es de fútbol masculino. En el país de Catar, o Qatar, con una superficie similar ...

No quiero hablar de guerras

Las razones que puede tener un hombre para abominar de otro o para quererlo son infinitas. Lo decía Borges en uno de sus cuentos titulado “La forma de la espada”. Estoy de acuerdo. Por ello, dudar acerca del bien y el mal, de quién es un héroe o un villano, nos hace acrecentar el sentido común. No hay certezas absolutas, como tampoco debemos dudar basándonos en la compasión o los prejuicios. Dudas razonables siempre. Hoy todos hablan de lo que yo no quiero hablar. Pero pienso en ello, quizá demasiado, porque es difícil evitar las salpicaduras que la actualidad nos vomita sin piedad. No puedo taparme los oídos ni cerrar los ojos, aunque tiendo a morderme la lengua, que ya está a punto de sangrar. Estamos en que, por un lado, alguien poderoso se evidencia en un ejercicio inútil y doloroso de negligencia política. Por otro, resurge la menos perspicaz de las pasiones: el patriotismo, apoyado a distancia por un conglomerado económico que sólo cree en su cuenta corriente. De ahí no puede sur...

Nuevas y viejas palabras

Comenzamos el 2022 con la introducción de nuevas palabras en el diccionario de la RAE. Esta vez la academia ha presentado casi 4.000 novedades. Un crecimiento que responde, según la directora del Diccionario de la lengua española, a la digitalización y tecnificación de la sociedad. Se incorporan términos como bitcóin, nueva normalidad, ciberacoso, criptomoneda, cortapega, cachopo, sanjacobo, chuche, gentrificación, valemadrismo, y nuevas acepciones de vocablos que ya existen, como empanado, quedada o rayar. Ya ven, una selección preciosa, un retrato conceptual del momento, palabras líquidas. Me pregunto si realmente es necesario incluir términos y expresiones que todos conocemos porque pertenecen a la viva actualidad, que en breve quizá se desvanezcan de nuestra lengua como columnas de humo, que poco aportan en significado o en belleza, digamos que son normalitas tirando a vulgares. Los diccionarios, esas joyas del saber, esos hogares del lenguaje, contienen tantos habitantes y tesoros...

La conquista del aire

Cerrar un libro tras una lectura satisfactoria provoca una corriente de aire leve, como un último suspiro. El cúmulo de letras ordenadas que lentamente han ido rellenando en forma de ideas los huecos sedientos del cerebro ya han cumplido su misión. Territorio conquistado. Victoria. Acabo de terminar de leer un gran libro. Me siento henchida, enriquecida, pletórica. He adquirido una nueva dimensión. Y así, como quien no quiere la cosa, me he acordado de una canción, quizá la que más me gustó de Mecano en su momento: Aire. “Soñé por un momento que era aire. Oxígeno, nitrógeno y argón, sin forma definida ni color. Fui aire volador”.  Pienso en el aire de literatura y en el aire de música. Buenos aires para sanar. Respirar cultura. Exhalar creatividad. Aliento imprescindible para vivir. Y me viene a las venas otro Aire, el de José Mercé. “Aire, aire. Pasa, pasa. Que tengas la puerta abierta. La alegría pa' la casa. Aire pasa. Lele, pom pom. Aire nuevo, aire fresco pa’ la casa”. Hay que...

Café y Komorebi

Existen palabras que definen a la perfección el concepto de la cosa a la que se refieren. Algo concreto que no da lugar a dudas, porque la asociación con su significado es inmediata. Como el café. Y hay conceptos, con forma de sensación, que no encuentran su palabra definitoria salvo en el idioma origen de su creación. Es el caso de komorebi, término únicamente japonés. No existe equivalente en otra lengua. Significa “los rayos de sol que se filtran a través de las hojas de los árboles”. Hace referencia a un momento concreto en el que se produce un juego de luces y sombras, y acoge tanto el paso de la luz entre la vegetación como el reflejo que provoca, la sombra proyectada sobre otros objetos.  La cultura japonesa es hábil en dar nombres a ciertas emociones estéticas. La delicadeza y la sensibilidad con que miran y admiran dotan a su lenguaje de una riqueza poética sin igual. Komorebi es un ejemplo recién descubierto que desde ya mismo j’adore . Y cuando digo j’adore quiero decir...

Élites y satélites

  Jugando con las palabras, como a mí bien me gusta, he elegido hoy dos términos que, por su similitud, pareciera que derivan uno de otro, cuando no es así. Aunque, por el significado figurado, extraeré una relación más que jugosa. Comencemos por el origen etimológico. El castellano ‘élite’ proviene del francés élite , y a su vez del latín eligere : elegir o seleccionar. El término designa a una minoría selecta, que posee un estatus superior al resto de las personas de la sociedad. Tradicionalmente la noción de élite estaba relacionada con la sabiduría y la virtud. Sólo los elegidos lo eran   por sus méritos y virtudes, no por su origen familiar. Asimismo se mantenía un flujo transversal de tal manera que podía ser inclusivo, no constituía un coto cerrado, y su poder era influyente. Hoy en día, el concepto ha derivado hacia el exclusivismo y, desde luego, el poder adquisitivo marca mucho más que el mérito. Puerta cerrada, las credenciales mediáticas y ‘visadas’ resultan impr...

Patrañas y especiotas

  La lengua castellana cuenta con un vocabulario tan rico, que da gusto pasearse por un diccionario, si es el de María Moliner mejor que mejor, y descubrir palabras al azar. Me maravillan las palabras. Cuando estudiaba la EGB (Educación General Básica) tenía una asignatura favorita: lenguaje. Ahí entraba el vocabulario, la gramática y la ortografía. Todos los ejercicios eran para mí un juego. Recuerdo el de ‘cada oveja con su pareja’, que consistía en enlazar vocablos de dos columnas con un significado similar o contrario; aprendíamos las conjugaciones de los tiempos verbales como un concurso en que si acertabas adelantabas un lugar en la fila; rellenar el hueco vacío en una frase con la palabra adecuada suponía un logro fantástico. Pero lo que me producía más satisfacción era descubrir sinónimos y antónimos. Eso suponía consultar el fabuloso mundo del diccionario. Todavía me acompañan algunos tomos de enciclopedias de consulta y diccionarios varios: de latín, de español-francés y ...

Esperando

Nuevo año, nueva… ¿qué? ¿Vida? ¿Esperanza? ¿Qué es lo que realmente esperamos? Me pregunto. Seguramente son más fuertes los deseos y los sueños. Porque implican una intención, provocan una actitud, espolean los costados de nuestro yo “noble bruto” para convertirlo en trotón o corcel. Y ahí se desencadena una secuencia de uves victoriosas: Voluntad, volante, voltear, volcán, voladura, voltaje, volcarnos, volar, volatilizar, ¡volavērunt! (volaron), volver (a empezar). “El que espera desespera”, nos dice el dicho. También que “La esperanza es lo último que se pierde”. Y “De nadie esperes lo que por ti mismo hacer pudieres”. O “El que esperar puede, alcanza lo que quiere”. ¿Cuál define nuestra personalidad? ¿De qué lado estamos?  Espero y deseo que… Eso es pedir mucho. Mejor: voy a hacer todo lo que pueda por… ¡Qué solos estamos! Las circunstancias obligan. Y, sin embargo, desde nuestro aislamiento esperamos recibir mensajes de los demás, cuando sólo nos comunicamos (y no es mi caso) c...