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Reírse del mundo

Emiten en televisión un anuncio publicitario sobre un producto, de cuyo nombre ahora no quiero ni puedo acordarme, bastante sorprendente en su mensaje. En una reunión familiar, el joven hijo, temeroso de la posible bronca que le va a caer, le comenta a su padre que le ha rayado el coche. En el televisor del fondo se oyen las noticias, desesperanzadoras un día más, sobre la pandemia que nos toca vivir. El padre lo mira y, de repente, suelta una carcajada. El ambiente tenso se torna distendido. En otra escena, una chica sale de su casa: al mismo tiempo que cierra la puerta se da cuenta de que ha olvidado las llaves dentro. Su reacción no es de fastidio, al contrario, se le ilumina la cara con una gran sonrisa. Le siguen dos escenas similares: la de una pareja que coge el coche para ir a divertirse y no arranca, y la de una vivienda donde sus moradores observan cómo una inesperada gotera quiere arruinarles lo que iba a ser un prometedor día. En ambos casos los protagonistas también reacci...

Gigantes y cabezudos

Me gusta lo pequeño.  Lo mediano suele funcionar, pero es aburrido. Grande es un adjetivo que admito sólo para alabar a una persona, un acto o un descubrimiento. Aunque para las alabanzas existe una extensa variedad de calificativos mejores a elegir. Me atrae mucho más mirar por un microscopio que por un telescopio. Lo diminuto se me antoja apasionante, mientras abomino de lo gigante porque me pierdo en la inmensidad y porque me suena a algo agresivo, amenazante, excesivo, y a la vez hueco, frío, cavernoso. Los gigantes, esos seres mitológicos, literarios o de la cultura popular, que al fin y al cabo viven en nuestra imaginación o alimentan recuerdos infantiles, nos inspiran más ternura y simpatía que terror. Sin embargo, existen en la actualidad unos entes enormes, reales, aspirantes a verdaderos monstruos, a los que se conoce por el nombre de “Los gigantes de…”. Y nos resultan bien ‘familiares’. Añádase tras los puntos suspensivos: la comunicación, internet, el petróleo, la energ...

Blanco níveo

Por estos lares la nieve resulta algo excepcional. Y, cuando llega, provoca reacciones de toda índole. La primera es ilusión. Nos ilusionamos y asombramos. La observamos caer con una emoción desbordada, como lo hace un niño, como lo hicimos nosotros mismos en nuestra niñez. A pesar de las molestias que ocasiona a muchos niveles, parece que el augurio de buenaventura sobrepasa en alto grado a los inconvenientes prácticos. También nos genera un ímpetu por pisarla, tocarla, interactuar con ella y, por supuesto, que nos haga cosquillas en la cara. Momentos felices. Para mí hay dos cosas sobresalientes de este elemento que me seducen y me atrapan. Una es su color. La nieve posada, sin mácula, es de un blanco sobrenatural. Pura luz, fría, pero luz, de la que no molesta mirar. Lo he comprobado hoy. Todo lo que yo creía blanco: el pelo de mi gata Umeboshi, las sillas de plástico del jardín, los desconchados calíferos del muro, han resultado amarillentos o ligeramente oscuros, junto a la superf...

Esperando

Nuevo año, nueva… ¿qué? ¿Vida? ¿Esperanza? ¿Qué es lo que realmente esperamos? Me pregunto. Seguramente son más fuertes los deseos y los sueños. Porque implican una intención, provocan una actitud, espolean los costados de nuestro yo “noble bruto” para convertirlo en trotón o corcel. Y ahí se desencadena una secuencia de uves victoriosas: Voluntad, volante, voltear, volcán, voladura, voltaje, volcarnos, volar, volatilizar, ¡volavērunt! (volaron), volver (a empezar). “El que espera desespera”, nos dice el dicho. También que “La esperanza es lo último que se pierde”. Y “De nadie esperes lo que por ti mismo hacer pudieres”. O “El que esperar puede, alcanza lo que quiere”. ¿Cuál define nuestra personalidad? ¿De qué lado estamos?  Espero y deseo que… Eso es pedir mucho. Mejor: voy a hacer todo lo que pueda por… ¡Qué solos estamos! Las circunstancias obligan. Y, sin embargo, desde nuestro aislamiento esperamos recibir mensajes de los demás, cuando sólo nos comunicamos (y no es mi caso) c...

¿Necesidad o necedad?

Hoy los medios nos han dado una gran noticia: ha llegado a España la vacuna anti-covid-19. Los reporteros de diferentes televisiones y comunidades autónomas ya nos han anunciado in situ que mañana se inyectarán las primeras unidades, en qué lugares y a qué tipo de personas. Igual que nos han ofrecido imágenes del primer y único paquete de vacunas (simbólico) cubierto con una gran pegatina amarilla con el logotipo de Gobierno de España, me juego un vinito a que, sin rubor alguno y en domingo, retransmitirán en vivo y en directo el momento preciso en que se introduce la primera aguja en vena, así como el rostro, el nombre, la edad y condición tanto de la enfermera practicante como del paciente receptor. Además, imagino que un número indeterminado de móviles sanitarios anónimos filmarán la magnífica escena para que no falte detalle. Declaraciones en exclusiva, imágenes repetidas en bucle, entrevistas hasta a vecinos que pasean por delante de la puerta del hospital o residencia de anciano...

De membrillos

Hoy he cocinado carne de membrillo. Mi madre me ha enseñado a prepararla y saborearla, y mi padre a amar el fruto que con tanto primor cultiva junto a otros frutales. Su nombre científico es Cydonia oblonga . En la antigua Grecia era un fruto consagrado a Afrodita con el nombre de chrysomela , esto es, ‘manzana de oro’. Fue símbolo del corazón y los enamorados enviábanselo atravesado con una saeta. Así pues, el membrillo se ha relacionado tradicionalmente con el matrimonio, la fertilidad y el sexo. A principios del s. XVII el maestro Diego López recomendaba en unos versos que la esposa, antes de acostarse con su esposo, comiese un membrillo, pues importa que la gracia que sale de la boca y de la voz debe ser bien compuesta, y el membrillo rehace el corazón y pone suave aliento. Asimismo Cervantes, en la segunda parte del “Quijote”,  escribe un pasaje donde el médico Pedro Recio recomienda al gobernador Sancho Panza una dieta específica “para conservar su salud y corroborarla”, que ...

Nuevas tecnologías [Parte I]

El término “tecnología” procede del griego téchnē (arte) y lógos (tratado). Fíjense, para dar con ese significado tenemos que dirigirnos a la tercera acepción que aparece en la RAE: Lenguaje propio de una ciencia o de un arte. Sin embargo, la acepción principal, la número uno, a lo que debemos atender es: Conjunto de teorías y de técnicas que permiten el aprovechamiento práctico del conocimiento científico. El mundo se vuelve pragmático. Cambiamos el arte por la ciencia, el disfrute creativo por la productividad, el tiempo de recreo por el cronómetro, la belleza por la utilidad, la filosofía por el márketing, el conocimiento por la información. Cuando todo puede coexistir en su justa medida, los que deciden ahí arriba pretenden polarizar nuestra forma de vivir hacia derroteros bastante fríos y tecnológicos. Añadamos ahora el adjetivo “nueva”, que es como darle el toque maestro. Y en plural, ya ni te cuento. Nuevas tecnologías. Resulta algo sugerente, tentador, seductor. Resuena e...

De imperfecciones, defectos y otras frustraciones

¿Buscamos la perfección? Yo sí, de toda la vida. Será por eso que me encuentro defectos desde siempre. El tiempo va cambiándolos; más bien digamos, suavizando la visión que tenemos sobre ellos. Venimos a este mundo con alguna tara, perceptible o acurrucada. Lo asimilamos, tampoco es para tanto, y tratamos de potenciar aquello que sabemos no del todo perfecto pero por lo menos no va a decepcionar, casi que nos conformamos con eso. Sin embargo, he aquí que en algún momento llegan los accidentes, la enfermedad, el deterioro. ¡Ay, amiga! Con eso no contabas ¿eh? Pues no, nunca se cuenta con eso. ¡Qué mala suerte! ¿Por qué yo? ¿Ahora? ¿Ya? Son algunas de las expresiones que nos vienen a la cabeza. Fallo del sistema. Alarma. Alarma. No se puede reiniciar. No hay vuelta atrás. Aunque la mayoría de las veces existe remedio, cura, alivio, parches o prótesis. Y a seguir caminando. Los objetos se estropean por el uso, fundamentalmente. También por el rozamiento, la climatología, o incluso la obso...

Un vaso de agua

En ocasiones personas cercanas me dicen: “Te ahogas en un vaso de agua”. Y puede que tengan razón. Si pienso en ello recordando momentos de ahogo, nervios, ciertas ansiedades, deduzco que generalmente se han debido a inconvenientes muy puntuales, a situaciones que al final tenían fácil solución, a miedos varios ante la incertidumbre sobre un futuro obviamente desconocido, o un riesgo potencial. Cosas así. Sin embargo, tengo que decir, [ahora me sorprendo a mí misma], que curiosamente ha habido en mi vida unos cuantos acontecidos importantes, fuertes, de impacto, y los he acometido bastante bien: no me ha temblado el pulso, ni me he venido abajo, ni siquiera me he lamentado. Mente tranquila, templanza, valoración constructiva de los hechos, sonrisas en lugar de lágrimas. Fíjate... Valorando estos dos autoanálisis, que imagino se pueden extrapolar a mucha gente, parece un contrasentido. Ser capaz de ahogarse en un vaso de agua y a la vez saber mantenerse a flote en un mar tempestuoso...

#Cosasqueno [parte 1]. Alguien tenía que decirlo

Hoy voy a descargarme de ciertas tonterías, porque son tontadas al fin y al cabo, pero me apetece evidenciarlas. Quizá usted y yo coincidamos en algunas, o bien puede aportar las suyas propias. Riámonos un poco en medio de lo importante. Hay cosas –materiales– con las que no puedo. Algunas son manías, pero otras simplemente no deberían existir. Es que me fastidian, me irritan, me sacan de mis casillas. Ahí van unos ejemplos. El nylon: ése con el que cosen las etiquetas a las prendas textiles. Hilo finísimo y molestísimo. Cualquier etiqueta que no sea de raso, molesta y esto es así. El nylon ¡para pescar con caña! La piel seca del ajo, de una cabeza o de un diente, da igual. Pelar uno, previo machaque, y que se te quede un trozo de peladura pegada a los dedos o se caiga al suelo volando... Los “abrefácil” de fina capa plástica, léase envases de lonchas de jamón cocido, anchoas y boquerones en aceite, etc., esos que tienes que separar con la uña y no hay margen para cogerlos entre la...

Cegueras

Desde que era pequeña tengo una costumbre, quizá algo paranoica, quizá un sinsentido, de esas cosas que no van a ningún sitio. Y es que, cuando me levanto por la noche, no enciendo ninguna luz y regreso a mi cama a oscuras totalmente, a tientas. Comencé a hacerlo para experimentar cómo se siente una persona ciega, pura empatía. También por aprender y memorizar el lugar que ocupaban los diferentes elementos de la casa y poder situarlos en caso de que me quedara sin vista cualquier día. Y una tercera razón, algo peregrina, es porque quién sabe si una terrible noche entraban unos malhechores y así yo les llevaba cierta ventaja-ja-ja-ja. Siempre me han obsesionado los sentidos. Tiendo a menudo a pensar cuál sería el que más me dolería perder. No voy a revelarlo. Pero confieso que en estos tiempos que corren, tan gráficos, tan visuales, tan tecnológicos, me preocupa cómo lo llevarán las personas ciegas. Sin duda están en desventaja, o eso creo yo. En este momento, la verdad es que no cono...

Hoy no hablo de Donald Trump. Mi vida es más importante

La vida es tan generosa que constantemente va ofreciéndonos sus dádivas a lo largo de nuestro caminar, como migas de pan señalatorias o como las pequeñas recompensas en un juego electrónico. Podemos ignorarlas porque no despiertan nuestro interés y no les damos valor, o recogerlas para darles un uso material, emocional, espiritual, para enriquecernos y seguir avanzando. En ocasiones ocurre que esos ‘regalos’ se nos presentan con forma de piedra, clavo, astilla, o simplemente de boñiga. Entonces la cosa cambia. Nuestra percepción se torna en un “también es mala suerte…”. Llegan los tropiezos, las heridas, el dolor, el cansancio, las quejas y quizá hasta el abandono. La relación con el mundo, incluso con nosotros mismos, cambia. Es inevitable. Ante la adversidad, llámese contrariedad, infortunio, desventura, desgracia o fatalidad, podemos adoptar la tendencia de dejarnos arrastrar por la espiral, ésa que como un remolino líquido nos empuja hacia el fondo de nuestra zona oscura. Por c...

Hoy hablo de Donald Trump

El próximo martes 3 de noviembre de este nefasto año 2020 se celebran elecciones en Estados Unidos. Los medios de comunicación, tanto nacionales como internacionales, llevan días informándonos puntualmente de cada acontecido. Realmente es un bombardeo de notas teñidas de rojo, azul y blanco, barras y estrellas, burros y elefantes, demócratas y republicanos. Sólo existen dos candidatos, es algo con lo que no comulgo; pero confieso que, siendo cifra tan exigua, todavía no he conseguido identificar a cuál corresponde cada elemento identificativo. Los reportajes se multiplican. Las redes arden. Proliferan las entrevistas al pueblo llano estadounidense apoyando a uno de los candidatos. Donad Trump y “el otro”, Joe Biden. He tenido que buscar su nombre en internet, sí. No resulta muy mediático, es verdad. En eso Trump le lleva mucha ventaja. Aunque no es mi país ni mi máxima preocupación en este momento, me gusta escuchar con atención lo que dicen los aspirantes al trono terráqueo, y mucho...